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Despacho de oficina moderna al atardecer con luz dorada filtrada por persianas y un anillo de matrimonio sobre la mesa.Infidelidad
Infidelidad8 min de lectura

Infiel a las seis y diez

Las seis y diez no es una hora cualquiera. Es la hora en que casi nadie te llama, la hora en que el tráfico afloja, la hora en que la oficina está medio vacía y casi nadie te pregunta dónde vas si bajas en el ascensor sin paraguas. Las seis y diez es, también, la hora a la que llevo seis meses subiendo a un piso que no es el mío para encontrarme con alguien que no es mi marido.

Lo cuento así, sin disfraz, porque a estas alturas no tiene sentido maquillarlo. Salgo de mi casa con el anillo puesto, el portátil al hombro y un café en la mano. Llego a su despacho, que está a tres calles del mío, sin el anillo, sin el portátil y, las buenas tardes, sin el café. Lo dejo todo en su perchero interior, como quien deja un abrigo. Me lo vuelvo a poner antes de bajar. Es un ritual que me sale solo.

Empezó, como casi todas estas cosas, sin querer. Una reunión interdepartamental, un café que se alargó más de la cuenta, una broma a destiempo. Después una cena de empresa en la que coincidimos en la mesa, otra cena después, una conversación en el patio de fumadores aunque ninguno de los dos fume. Y luego un día, sin haberlo decidido, me descubrí poniéndome perfume para una reunión a la que no tenía por qué ponerme perfume. Ahí supe que estaba en problemas.

Lo difícil no es la primera tarde. La primera tarde es casi inevitable, te empuja la corriente, no piensas mucho. Lo difícil es la segunda. La segunda es la que decide. La segunda es la que convierte un accidente en una elección, y a partir de ahí ya no puedes echarle la culpa a nada que no seas tú. Yo tomé la segunda decisión un martes, a las seis y diez, con la garganta seca y el corazón acelerado. Y aún recuerdo cada minuto.

Su despacho no es ninguna fantasía. Mesa, dos sillas, un par de plantas que alguien riega los viernes y una ventana que da a un patio interior. Pero esa banalidad es justo lo que lo hace tan adictivo. Hacer cosas que no deberíamos hacer en un sitio absolutamente normal, mientras al otro lado de la puerta el mundo sigue funcionando como si nada, tiene un poder que no sabe explicar quien no lo ha hecho.

Lo primero que hago al entrar es cerrar la puerta con llave. Él ya está de pie, a contraluz de la ventana, y siempre dice lo mismo: llegas tarde. Llegamos los dos a la misma hora, pero le gusta decirlo. Yo le contesto siempre lo mismo también, una frase que no voy a transcribir aquí. Es nuestro código. Tres palabras que nos saltan los seis meses anteriores y nos meten directamente en el mismo punto donde lo dejamos la última vez.

Luego viene el silencio. Ese silencio es la parte que más me gusta. Nos miramos un par de segundos sin decir nada. Yo dejo el bolso en la silla, me quito el anillo y me lo guardo en el bolsillo interior. Él se acerca despacio, con las manos abiertas, como si yo fuera un pájaro asustado al que se le va a echar comida. Y entonces, sin tocarme todavía, pega su frente a la mía. Eso es lo que me deshace cada vez. No el sexo. La frente.

A las siete y veinte, todas las tardes, suena la alarma de mi móvil. Es mi excusa para irme. Decimos que es para no levantar sospechas en mi casa, pero la verdad es que es para no quedarnos demasiado. Porque si nos quedáramos demasiado, si una sola tarde rompiéramos esa alarma, esto pasaría de ser una doble vida a ser una vida nueva, y eso ninguno de los dos está preparado para asumirlo. Todavía no.

Volver a casa

A las ocho menos diez estoy de vuelta en mi calle, con el anillo otra vez puesto y el café frío en la mano. Saludo al portero como cualquier otro día, subo al ascensor, abro la puerta de mi casa, beso a quien tengo que besar, pregunto qué hay para cenar. Nadie nota nada. O, si lo notan, prefieren no mirar. La gente casada lleva décadas perfeccionando ese arte: no mirar lo que no quiere encontrar.

¿Voy a dejar a mi marido? No lo sé. ¿Voy a dejar de subir a ese despacho a las seis y diez? Mucho menos. La doble vida es agotadora, sí, pero también es la única forma que he encontrado de seguir respirando entera. Si has llegado a este punto del relato seguramente reconoces algo de lo que te cuento. No tienes que contárselo a nadie. Ni siquiera tienes que decírtelo en voz alta. Hay líneas discretas, sin nombres y sin huellas, donde cosas como las que pasan a las seis y diez se pueden compartir con calma.

Servicio para mayores de edad (+18). Restringido a personas mayores de 18 años. Personajes ficticios mayores de edad. Cualquier parecido con personas reales es coincidencia.

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