EncuentroLa noche que pedí la habitación 414
Llegué al hotel sin equipaje. Solo con un bolso pequeño en el que cabían dos cosas, las únicas dos cosas que necesitaba esa noche. Pedí la habitación 414 porque había leído que daba a poniente, y porque alguien me había dicho una vez que las habitaciones que terminan en cuatro envejecen mejor. La recepcionista no preguntó nada. Me pasó la llave y una sonrisa de las que se aprenden con los años.
Subí en el ascensor sola, mirándome en el espejo del fondo. Llevaba un vestido negro que no era especialmente provocador y unos zapatos planos. No quería parecer otra cosa de la que era. Quería entrar en la habitación tal como había salido de mi casa, con la misma piel y la misma cabeza, y que lo que pasara esa noche pasara conmigo, no con un disfraz.
La habitación era exactamente como la había imaginado. Cama grande, sábanas tirando a beige, una butaca junto a la ventana, una mesilla con una lámpara baja y un espejo enorme apoyado en la pared. La temperatura, perfecta. Olía a algo tibio que no supe identificar, ni quise. Dejé el bolso en la butaca, me quité los zapatos y me senté en el borde de la cama. Esperar es una de las cosas más eróticas que existen, y casi nadie lo sabe.
Llegó a y veinte. No le había visto nunca, solo en una foto pequeña y mal encuadrada. Cuando abrí la puerta y le tuve delante por primera vez, descubrí que era exactamente la persona que había imaginado. Alto, con barba corta, una camisa que había planchado él mismo y unos ojos que ya tenían respuesta antes de que yo hiciera ninguna pregunta. Pasó. Cerró la puerta detrás de él. No se quitó la chaqueta hasta que yo se la quité.
No habíamos hablado mucho antes. Lo justo. Lo necesario. Las personas que se encuentran así, en una habitación de hotel un martes por la noche, ya han hablado todo lo importante en sus cabezas, durante horas, antes de llegar. Cuando por fin estás delante, lo que toca es callarse y mirar. Y eso hicimos. Mirarnos durante un minuto entero, de pie, en el centro de la habitación, sin tocarnos. Ese minuto fue, posiblemente, lo mejor de la noche.
La primera vez que me tocó fue en la nuca. Apartó el pelo a un lado con un cuidado ridículo, como quien aparta una cortina muy buena, y dejó la mano ahí, abierta. No pretendía nada todavía. Era una mano que decía aquí estoy, no me voy a mover hasta que tú quieras. Yo cerré los ojos. Lo que viene después no se puede contar bien con palabras. Tendría que pintárselo a alguien, despacio, con los dedos.
Lo que sí puedo decir es que esa noche aprendí dos cosas. La primera, que el tiempo en una habitación de hotel se mide distinto. No hay relojes, no hay obligaciones al día siguiente, no hay nadie que te recuerde quién eres en otros contextos. Lo único que existe es lo que está pasando, y lo que está pasando puede durar tres minutos o tres horas y daría exactamente lo mismo. La segunda cosa, que un desconocido bien escogido puede saber más cosas sobre tu cuerpo en una hora que muchas personas que llevan años a tu lado.
Hubo un momento, ya muy tarde, en el que estábamos los dos sentados en la cama con la ventana abierta. Las luces de la ciudad parpadeaban abajo, indiferentes. Habíamos pedido agua al servicio de habitaciones y bebíamos en silencio, las piernas cruzadas, las miradas tranquilas. No nos habíamos preguntado los nombres de verdad. No nos habíamos pedido el teléfono. No habíamos hablado de quedar otra vez. Y eso, lejos de incomodarnos, era exactamente lo que los dos necesitábamos.
Salir igual de tranquila
Me fui a las seis de la mañana, antes de que se despertara. Le dejé una nota sobre la mesilla, con una sola palabra. Bajé en el mismo ascensor del día anterior, devolví la llave a otro recepcionista que tampoco preguntó nada, salí a la calle. El aire estaba fresco, el sol todavía no había salido, y yo me sentía exactamente como había llegado: yo misma. Solo que había añadido una historia más a la lista de las que solo se cuentan a determinadas personas.
Las noches así no se planean del todo. Se desean mucho tiempo, se preparan en silencio durante semanas, y luego un día se descuelgan solas. Si alguna vez has pensado en una noche parecida, no estás solo. Hay mucha gente con tu misma idea, esperando una conversación que la lleve un poco más allá de la imaginación. Solo hace falta marcar un número y empezar a hablar.
Servicio para mayores de edad (+18). Restringido a personas mayores de 18 años. Personajes ficticios mayores de edad. Cualquier parecido con personas reales es coincidencia.


