OficinaEl jefe y yo en el ascensor
Trabajamos en la planta diecisiete de un edificio gris en pleno centro. El ascensor es de los antiguos, lento, con espejo en una de las paredes y una luz un poco amarillenta que envejece a todo el mundo dos años. Coincidíamos casi todas las mañanas, él y yo, porque los dos llegábamos a la misma hora absurda y los dos preferíamos un ascensor vacío a uno lleno. Llevábamos así tres años, cruzando los buenos días en castellano, sin hablar de nada más.
No era mi jefe directo. Era el responsable de otro departamento, dos peldaños por encima del mío en el organigrama, lo suficientemente lejos como para que no existiera ningún conflicto de interés y lo suficientemente cerca como para coincidir en alguna reunión y en alguna cena de empresa. Tenía cuarenta y dos años, llevaba siempre traje de chaqueta sin corbata y olía a una colonia que olía bien sin ser una colonia famosa. Nunca había pensado en él de esa manera. Hasta que pensé.
Lo que activó todo fue una mañana cualquiera de febrero. Llovía. Yo entré en el ascensor empapada, con el paraguas chorreando y el pelo pegado a la frente. Él ya estaba dentro. Se rió suavemente al verme, se quitó la bufanda y, sin preguntar, me la pasó. Sécate la cara o vas a coger frío todo el día. Tardé un segundo en aceptarla. Olía exactamente a él, esa colonia, el algodón tibio. Me sequé la cara con su bufanda mientras subíamos. Cuando llegamos a la diecisiete y se la devolví, los dos sabíamos algo que antes no sabíamos.
A partir de esa mañana, las mañanas dejaron de ser inocentes. Empecé a calcular la hora de salida de mi casa para coincidir exactamente. A elegir mejor lo que me ponía aunque luego me pasara el día sentada en mi mesa. A buscarle con la mirada, sin querer encontrarle del todo, en los pasillos. Él, por su parte, hizo movimientos paralelos. Empezó a sonreír un poco más al cruzarnos. A apoyarse en el espejo del ascensor mirándome de reojo. A decir cosas tontas, frases del tiempo, comentarios sobre el café de la máquina, que servían solo para que siguiéramos hablando un minuto más antes de bajar.
Los ascensores tienen una cosa muy especial. Son un espacio público que se comporta como un espacio privado. Estás solo con alguien durante un minuto, en una caja de tres metros cúbicos, y el resto del mundo no existe. Cualquier tensión que haya entre las dos personas se concentra a un nivel ridículo. Yo, que llevaba años subiendo en silencio en aquel ascensor, empecé a vivir esos sesenta segundos diarios como el momento más intenso de la jornada.
La cosa explotó un viernes a finales de marzo. Habíamos coincidido, una vez más, a primera hora. Subíamos en silencio. A la altura de la planta nueve, sin que yo lo viera venir, alargó la mano y pulsó el botón de stop. El ascensor se quedó quieto entre dos plantas. Me miró. No dijo nada. Yo no dije nada. Estuvimos dieciséis segundos así, mirándonos en aquella luz amarillenta, con el espejo devolviéndonos los dos perfiles. Luego soltó el botón. El ascensor siguió subiendo. Llegamos a la diecisiete, las puertas se abrieron, salimos los dos como cualquier otra mañana, dimos los buenos días a la recepcionista. Pero algo se había decidido en esos dieciséis segundos.
Esa misma tarde, antes de irse, me mandó un correo. No era un correo de trabajo, obviamente. Era un correo muy corto, muy bien escrito, en el que decía que llevaba meses pensando en mí más de lo que era prudente, que entendía si yo quería que dejáramos de coincidir en el ascensor, y que también entendía si quería tomar un café fuera del edificio el lunes después del trabajo. Le contesté a las once de la noche, después de leer el correo treinta veces. El lunes a las siete. Solo eso.
El lunes a las siete tomamos un café en una cafetería pequeña a tres calles, sin gente conocida. Hablamos durante dos horas. Hablamos de muchas cosas, pero sobre todo de los límites. Él tenía claro lo que no íbamos a hacer en la oficina. Yo también. Hablamos de los riesgos. Hablamos de cómo iba a funcionar todo si esto seguía adelante. Y luego, cuando ya estaba todo dicho, salimos a la calle. Y allí, en la acera, sin que nadie nos viera, me besó. Despacio. Como si llevara tres años esperando.
Los ascensores siguen subiendo
Han pasado casi seis meses. Seguimos coincidiendo en el ascensor por las mañanas. Seguimos cruzando los buenos días con la misma cara que cualquier otro día. Nadie sospecha nada. Pero a veces, cuando el ascensor está vacío y subimos los dos solos, él me mira en el espejo y yo le miro en el espejo, y los dos sonreímos un segundo. Esa sonrisa vale más, te lo juro, que cualquier escena explícita. Las cosas más intensas pasan en ascensores parados a la altura de la planta nueve.
Si alguna vez has pulsado, en tu cabeza, el botón de stop con alguien del trabajo, sabes exactamente de qué te estoy hablando. Y si te apetece que alguien te lo describa con palabras mucho más concretas que las mías, ya sabes lo que hay que hacer.
Servicio para mayores de edad (+18). Restringido a personas mayores de 18 años. Personajes ficticios mayores de edad. Cualquier parecido con personas reales es coincidencia.


