SensorialEl masaje que no supe rechazar
Reservé el masaje porque llevaba tres semanas con un nudo en el omóplato derecho que me despertaba por las noches. Lo reservé en un sitio normal, recomendado por una compañera de trabajo, en una calle tranquila del centro. Llegué con cinco minutos de antelación, me dieron una bata blanca y unas chanclas, y me hicieron esperar en una salita con luz baja, plantas y música ambiental que sonaba a arroyo. Nada hacía pensar que aquella tarde iba a salir distinta.
La masajista entró sin hacer ruido. Se llamaba Lola y tenía esos cuarenta y tantos que parecen treinta y cinco si no te fijas. Llevaba una camiseta blanca de uniforme, un pantalón de pinza negro y el pelo recogido en una coleta alta. Lo primero que me dijo fue que tenía que relajarme, que llegaba con la mandíbula apretada. Yo me reí y le dije que vivía con la mandíbula apretada desde hacía algún tiempo. Ella sonrió y me dijo que ese era exactamente su trabajo.
Me tendí boca abajo en la camilla, con la cara metida en el agujero, oliendo a una mezcla de eucalipto y algo cítrico que no supe identificar. Las primeras maniobras fueron clínicas. Espalda alta, trapecios, cuello. Manos profesionales, firmes, sin ninguna ambigüedad. Yo iba notando cómo el nudo del omóplato se aflojaba, milímetro a milímetro, como una cuerda mojada. A los diez minutos empecé a entrar en ese estado entre el sueño y la conciencia en el que dejas de pensar y solo notas.
Bajó por la columna con una lentitud que no era la habitual. Cada vértebra parecía interesarle por separado. Sus pulgares dibujaban círculos pequeños, insistentes, exactos. La temperatura de sus manos era diferente. Ya no eran manos de fisioterapia, eran manos de otra cosa. Yo lo noté. Pero no dije nada. No moví ni un músculo. Hay momentos en los que el cuerpo decide antes que la cabeza, y la cabeza luego se limita a obedecer.
Cuando llegó a la zona lumbar, paró. Se quedó con la mano abierta, apoyada, quieta. Esperó. Yo seguí respirando. Esa pausa duró tres o cuatro segundos, los suficientes para que los dos entendiéramos perfectamente lo que estaba pasando. Luego siguió, pero ya no era el mismo masaje. Ya no estaba destensando un músculo. Estaba haciendo otra cosa, mucho más antigua.
La verdad es que pude haberla parado. En cualquier momento pude haber dicho hasta aquí, levantar la cabeza del agujero y pedir una toalla. No lo hice. No por inercia, ni por timidez, sino porque tomé la decisión consciente de no hacerlo. Me apetecía estar exactamente donde estaba. Quería ver hasta dónde llegaba esa conversación silenciosa que estábamos teniendo a través de su mano y de mi piel.
No hubo, en ningún momento, nada explícito. Lola es una profesional muy buena, y parte de ser una profesional muy buena es saber leer al milímetro lo que el otro está dispuesto a dejar pasar y lo que no. Lo que hubo fueron caricias muy largas que se disfrazaban de masaje. Movimientos circulares que duraban más de la cuenta. Pequeñas pausas en sitios concretos. Un par de respiraciones suyas que escuché perfectamente y que estoy segura de que ella sabía que iba a escuchar.
La hora se me hizo extrañamente corta. Cuando dijo ya está, gírate despacio que vamos a estirar, me quedé un momento más en la camilla, con la frente apoyada en el agujero, recuperando el habla. No era un orgasmo lo que había tenido. Era algo más raro, más nuevo, más sostenido. Una excitación lenta que se había ido construyendo a lo largo de cincuenta minutos sin que nadie la mencionara nunca. Eso era el masaje. Eso era exactamente lo que había venido a buscar sin saberlo.
Salir a la calle
Me vestí en silencio, con las piernas un poco temblonas. Le di las gracias y pagué en el mostrador con una sonrisa que no se me iba. La recepcionista no se enteró de nada, claro. Yo salí a la calle, eran las ocho de la tarde, todavía había sol, y todo me pareció más nítido. Los colores, el ruido del tráfico, la piel de la cara. Llamé el taxi, llegué a casa, me senté en el sofá y me quedé una hora pensando en lo que acababa de pasar.
Volví a reservar a las dos semanas. Y a las dos semanas siguientes. No me cuentes que no lo entiendes. Hay tipos de placer que no necesitan etiqueta y que están ahí, esperando, en cuanto te das permiso para notarlos. Si ahora mismo lo que quieres es que alguien te describa una historia parecida con todo el detalle que a mí me ahorré, ya sabes dónde llamar.
Servicio para mayores de edad (+18). Restringido a personas mayores de 18 años. Personajes ficticios mayores de edad. Cualquier parecido con personas reales es coincidencia.


