UniversidadMi profesora particular
Volví a la universidad a los veintinueve años, después de un par de carreras interrumpidas y una temporada larga trabajando en cosas que no me llenaban. Me matriculé en Filosofía a tiempo parcial, con la idea de empezar despacio, sin presiones. Ahí conocí a Marina, profesora particular de un seminario optativo de estética que se daba los miércoles por la tarde. Tenía treinta y siete años, una forma de hablar pausada y la costumbre de descalzarse en su despacho cuando alguien le pedía tutoría.
Las tutorías eran, en teoría, de media hora. En la práctica eran de lo que decidiera ella. Yo iba todas las semanas, con una excusa académica cada vez peor. Llevaba un cuaderno con anotaciones, fingía dudas concretas sobre Kant o Schopenhauer, y dejaba que ella me explicara cosas que en muchos casos yo ya sabía. La verdad es que iba para verla. Para escucharla. Para estar en su despacho una hora y volver a salir a un mundo que, después de esa hora, me parecía menos interesante.
Ella lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Las personas que llevan años dando clase tienen un radar afinado para distinguir al alumno que está allí por la asignatura del alumno que está allí por otras razones. Marina nunca lo señaló, nunca me incomodó, nunca me hizo sentir tonto. Lo que hizo, simplemente, fue jugar. Empezó a alargar las tutorías sin necesidad. Empezó a recomendarme libros que no eran del temario. Empezó a sentarse, en lugar de detrás de la mesa, en la silla de al lado de la mía.
Una tarde de noviembre, ya fuera del horario oficial de tutorías, me pidió que le acompañara a la biblioteca a buscar un libro. Bajamos juntos. Por el pasillo, camino del ascensor, me preguntó por mi vida fuera de la universidad. Le conté. Ella me contó la suya. Cuando llegamos a la biblioteca, en lugar de buscar el libro y volver, nos sentamos en una de las salas del fondo, sin mesa entre los dos, en dos butacas viejas que crujían cada vez que cualquiera de los dos se movía. Hablamos durante hora y media. Hora y media en la que, en algún momento, sin que ninguno de los dos lo notara, nuestras rodillas pasaron de estar paralelas a estar tocándose.
No pasó nada esa tarde. Esa tarde acabó como tantas otras, con un tengo que irme, mañana entrego algo de su parte y un claro, claro avergonzado de la mía. Pero los dos sabíamos que algo se había desplazado. Y los dos sabíamos también que el siguiente miércoles a las cinco yo iba a estar en su despacho otra vez, con otra duda inventada, y que ella iba a abrir la puerta con una sonrisa nueva.
El miércoles siguiente fui. Y los siguientes. Y los siguientes. Las tutorías se fueron volviendo otra cosa. Ya no hablábamos del temario. Ya no fingía yo dudas sobre Kant. Hablábamos de música, de viajes, de cosas que nos gustaban y de cosas que no nos gustaban. Ella seguía descalzándose cuando entraba yo, y eso se convirtió, sin que nunca lo verbalizáramos, en una especie de señal. Cuando se quitaba los zapatos, la conversación oficial podía esperar.
Una tarde, ya en febrero, cerró la puerta del despacho con pestillo cuando entré. Lo hizo sin teatralidad, casi sin que yo lo viera. Se sentó en la silla de al lado de la mía, como siempre. Pero esta vez, en lugar de empezar a hablar, se quedó callada. Yo también. El despacho era pequeño, con la ventana dando a un jardín interior, y la luz de las cinco de la tarde de febrero entraba sesgada y dorada. Me miró. Una mirada larga, sostenida, sin la sonrisa habitual. Y me preguntó, casi en un susurro, si yo estaba pensando en lo mismo que ella estaba pensando.
Le dije que sí. Pero también le dije, con una claridad que me sorprendió a mí mismo, que prefería que no pasara nada todavía. Que no quería que pasara dentro del despacho. Que había que pensarlo bien. Que cuando algo es importante hay que cuidarlo. Marina sonrió. Una sonrisa de profesora orgullosa, esta vez. Me dijo que tenía toda la razón. Que íbamos a hacerlo bien. Que el despacho era el peor sitio posible. Y que si yo quería, ese viernes por la noche, podíamos cenar en algún sitio que no estuviera a quinientos metros de la facultad.
Lo que pasó fuera del despacho
Ese viernes cenamos lejos del campus, en un sitio donde nadie nos conocía. Ella había escogido un vestido distinto al uniforme académico. Yo había dejado el cuaderno en casa. Hablamos de muchas cosas que nunca había hablado en una tutoría. Después caminamos un rato sin destino, porque ninguno de los dos quería que la noche se acabara. Y al final, mucho más tarde, en su portal, ella me besó. Pidió permiso primero, con palabras. Lo que hizo después no necesitó palabras.
De aquella historia ya hace algún tiempo. Sigue siendo profesora particular. Sigue dando tutorías los miércoles por la tarde. Yo terminé la carrera y ahora vivimos en la misma casa, con dos despachos separados. Las tutorías siguen, pero ahora son otras. Si te apetece escuchar la versión larga de algo parecido en la voz de alguien que sabe contar las cosas despacio, ya sabes lo que tienes que hacer.
Servicio para mayores de edad (+18). Restringido a personas mayores de 18 años. Personajes ficticios mayores de edad. Cualquier parecido con personas reales es coincidencia.


