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Casa con piscina iluminada de noche con luces bajas y reflejos cálidos sobre el agua, ambiente íntimo de pareja abierta.Pareja abierta
Pareja abierta9 min de lectura

La noche que fuimos tres

Llevábamos meses hablándolo. Meses literalmente. Mi pareja y yo somos de las que piensan las cosas demasiado antes de hacerlas, y esto no iba a ser una excepción. Habíamos leído. Habíamos hablado con amigos que ya lo habían probado. Habíamos escrito incluso una especie de lista de reglas, en una libreta del salón, que íbamos revisando los domingos por la noche con una copa de vino delante. Cosas como no en nuestra cama, nunca con alguien del trabajo, siempre los dos delante la primera vez.

La tercera persona apareció sin que la buscáramos, que es como suelen aparecer las cosas importantes. Era amigo de un amigo común, había venido a un cumpleaños en nuestra casa, y a las dos de la mañana, sentados los tres en la terraza, con el resto de la fiesta ya recogiendo dentro, descubrimos los tres a la vez que había una conversación distinta latiendo por debajo de la conversación que estábamos teniendo. Esa noche no pasó nada. Se fue, como todos. Pero los tres lo supimos.

Tardamos un mes en quedar otra vez. Esta vez en una cena en su casa, los tres, sin pretextos. La cena fue larga, la conversación fluida, los silencios cómodos. Hablamos de muchas cosas y, hacia el final, de una. Sobre la mesa había ya solo café y una vela encendida. Mi pareja le dijo, con esa voz tranquila que pone cuando dice cosas importantes, que estábamos pensando en explorar algo así. Que nos lo habíamos pensado mucho. Que nos gustaba él. Que si quería, podíamos hablarlo con calma, sin presión.

Él escuchó sin interrumpir. Sonrió en algún momento, no de forma boba, sino como quien escucha una propuesta seria que le honra. Cuando mi pareja terminó, él tomó un sorbo de café, dejó la taza muy despacio sobre la mesa y dijo que sí. Pero que necesitaba entender bien las reglas. Que prefería hablarlo todo antes de tocarse nada. Esa frase, ese antes de tocarse nada, fue lo que nos hizo decidirnos definitivamente. Habíamos elegido bien.

La noche en cuestión la organizamos con un cuidado casi ridículo. Alquilamos una casa pequeña con piscina a una hora de la ciudad. Llevamos comida buena, dos botellas de vino que no íbamos a abrir todas, sábanas limpias y una libreta por si surgía algo nuevo que añadir a las reglas. Llegamos los tres por separado, cada uno en su coche, para que el principio fuera, también, una elección consciente.

Lo que pasó esa noche no se parece a lo que la gente imagina cuando piensa en una pareja abierta. No hubo prisa. No hubo coreografía. Hubo, al principio, una cena en la que los tres estábamos un poco nerviosos, riéndonos demasiado de cosas no especialmente graciosas. Hubo después un baño en la piscina, los tres en silencio, mirando el cielo, las luces apagadas y la luna alta. Y hubo, ya dentro, en el salón, un primer beso que se decidió por mayoría sin necesidad de votar. Mi pareja besó primero. Yo después. Él al final. Y a partir de ese momento, las reglas escritas dejaron de hacer falta porque ya estaban interiorizadas en los tres.

La parte más rara, y la que más me ha costado explicarles a otros, es lo tranquila que estuve toda la noche. Yo, que había imaginado mil escenarios horribles antes de ir, no sentí celos en ningún momento. Lo que sentí fue una cosa rara, parecida al orgullo. Mirar a mi pareja disfrutar mientras alguien que nos gustaba a los dos la cuidaba bien me hizo entender, de un golpe, lo que significaba la palabra abundancia. No estábamos compartiendo a nadie. Estábamos sumando.

Hubo conversaciones, también. Pausas largas en las que los tres nos sentábamos en silencio, en la cama, recuperando el aliento, riéndonos en voz baja, bebiendo agua. Esos huecos eran tan eróticos como lo demás. Quizá más. La complicidad de tres personas que están atravesando juntas algo nuevo, sin ningún apuro, es algo muy difícil de describir si no lo has vivido.

El desayuno

Por la mañana, los tres en la cocina, cada uno con su café, hicimos algo importante. Hablamos de qué tal había estado la noche, qué cosas nos habían gustado, qué cosas no repetiríamos. No fue una conversación incómoda. Fue, de hecho, la conversación que cerraba bien la experiencia. Volvimos cada uno a su coche, a media mañana, con la sensación de que algo bueno había pasado y de que podía volver a pasar si los tres queríamos.

Eso fue hace algunos meses. Hemos vuelto a quedar dos veces más, siempre con mucha conversación delante y detrás. No es algo que vayamos a hacer todas las semanas, ni todos los meses. Es algo que aparece cuando aparece, con cuidado, con conversación y con cariño. Si tú y tu pareja estáis pensando en algo parecido y os faltan palabras para empezar, hay personas dispuestas a compartir su experiencia al teléfono, en voz baja, sin juicio.

Servicio para mayores de edad (+18). Restringido a personas mayores de 18 años. Personajes ficticios mayores de edad. Cualquier parecido con personas reales es coincidencia.

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