LésbicoLa primera vez que la besé
No me había imaginado nunca con una mujer. No era una posibilidad cerrada, era simplemente una posibilidad a la que no le había hecho caso. Tenía treinta y un años, una vida bastante ordenada, una historia con hombres en general satisfactoria y la sensación, recurrente y silenciosa, de que faltaba algo que no sabía nombrar. Esa noche de agosto se me presentó de pie, con un vestido verde y una sonrisa torcida, en la barra de un bar al que había entrado a tomar un agua antes de irme a casa.
Se llamaba Aitana. Ella misma me lo dijo, con un acento del norte que no le pegaba al vestido. Me preguntó qué leía y le enseñé la portada del libro que siempre llevo encima, no porque vaya leyéndolo sino porque me sirve para no parecer perdida cuando entro en sitios sola. Se rió de eso. Se rió, dijo que ella hacía exactamente lo mismo, y se quedó hablando conmigo media hora.
La media hora se hizo una hora. La hora se hizo dos. Hablamos de ciudades en las que habíamos vivido, de manías que teníamos, de programas de televisión que habíamos visto en la cuarentena. En ningún momento la conversación tuvo nada de coqueto, lo cual hacía que, sin yo poder explicar muy bien por qué, fuera terriblemente coqueta. La gente que sabe seducir sin parecer que seduce es la gente más peligrosa que existe.
A las dos de la mañana el bar empezó a vaciarse. Ella me preguntó si me apetecía dar un paseo. Yo dije que sí sin pensarlo, que es una de las pocas veces en mi vida en que he dicho que sí sin pensarlo, y salimos juntas. Caminamos por el centro, despacio, con las manos en los bolsillos, sin tocarnos pero rozándonos a propósito en cada esquina. Fuimos hablando de tonterías. Cuando llegamos al portal de mi casa, en lugar de despedirnos, me preguntó si subía a tomar un agua. Yo dije que sí. Otra vez sin pensarlo.
En mi cocina, descalzas, con el aire acondicionado puesto y dos vasos de agua sobre la mesa, hablamos otro rato más. Pero ya no nos mirábamos igual. Ya nos habíamos pasado, sin haberlo decidido, al otro lado de la conversación. El otro lado de la conversación es ese en el que las palabras dejan de importar y solo importa el modo en que las decimos. La forma en que se inclinaba sobre la mesa. La manera en que yo me echaba el pelo a un lado. Los silencios cada vez más largos.
El primer beso no fue mío. Fue suyo. Vino despacio, sin ningún apuro, como quien coge una taza de café muy caliente. Me apartó un mechón de la cara, me sostuvo la mandíbula con dos dedos y me besó como si llevara haciéndolo toda la vida. Y yo, que había besado a hombres durante quince años, descubrí en cinco segundos que no tenía ni idea de cómo besaba alguien que sabe lo que está besando. Las mujeres se besan distinto. Eso es lo único que voy a explicar de aquella noche.
Lo que pasó después fue una conversación muy larga sin palabras. Aitana parecía entender mi cuerpo mejor que yo misma. Sabía dónde detenerse, qué apretar, qué aflojar, en qué momento mirarme y en qué momento cerrar los ojos. Tenía una paciencia que yo nunca había experimentado. Y, sobre todo, tenía un respeto por el ritmo del otro que, hasta esa noche, yo creía que era patrimonio de los libros, no de la realidad.
A las cinco de la mañana estábamos sentadas en el suelo del salón, cubiertas con una sábana que había arrastrado desde la cama, comiendo galletas directamente del paquete. Hablamos un rato más. No prometimos nada. No nos dijimos nada de relaciones, ni de etiquetas, ni de qué era todo esto que estaba pasando. Las dos sabíamos, sin necesidad de hablarlo, que lo importante esa noche había sido simplemente que pasara.
El día siguiente
Aitana se fue a las nueve, después de un café muy corto, con un beso en la frente y un gracias en voz baja. No nos pedimos el teléfono. No nos añadimos a ninguna red social. Ella vivía en otra ciudad, yo vivía en la mía, y las dos entendimos que aquella noche había sido un regalo cerrado en sí mismo. Pero algo cambió en mi cabeza esa mañana. Empecé a darme cuenta de cosas que no me había permitido pensar antes. A mirar a algunas mujeres con una atención nueva. A sentir, por primera vez, una curiosidad que ya no tenía pensaba dejar en el cajón.
Si has llegado hasta aquí es porque algo de esta historia te ha tocado en algún sitio. Igual estás justo donde estaba yo aquella noche de agosto, con un libro en la mano y una pregunta sin formular. No estás sola. Hay mujeres dispuestas a contarte despacio cómo es esto del otro lado, sin presión y sin etiquetas. Una llamada y empiezas a saber.
Servicio para mayores de edad (+18). Restringido a personas mayores de 18 años. Personajes ficticios mayores de edad. Cualquier parecido con personas reales es coincidencia.


