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Vista nocturna desde un balcón hacia las ventanas iluminadas de un edificio de enfrente, ambiente urbano íntimo.Voyeur
Voyeur7 min de lectura

Lo que vi desde mi balcón

Mi balcón da a un patio interior estrecho, de esos que en verano amplifican cada conversación y cada portazo. Enfrente, a unos seis metros, hay una ventana grande sin cortinas. Lleva sin cortinas desde que vivo aquí, hace cuatro años. Al principio pensé que era una despiste de la persona que vivía detrás. Después entendí que era una decisión.

La persona detrás de la ventana es una mujer que vive sola. La he visto coincidir en el portal alguna vez, somos vecinos de patio sin ser vecinos de escalera, y nos hemos cruzado los buenos días con esa indiferencia educada que se da entre desconocidos del barrio. Tendrá unos treinta y muchos. Lleva el pelo corto. Trabaja desde casa, eso lo deduje porque la veo a horas raras delante del ordenador. Y tiene la costumbre, desde el primer verano, de no cerrar nunca esa ventana.

Yo descubrí la situación una noche de junio. Llevaba una semana sin dormir bien, eran las dos de la mañana, había salido a fumar al balcón con el insomnio molesto. Miré sin mirar enfrente y la vi. Estaba en pijama, sentada en el borde de su cama, con el portátil abierto encima de las piernas y la luz de la mesilla encendida. Leía algo en silencio. No me vio. O eso pensé yo entonces. Apagué el cigarrillo y me metí dentro, un poco incómoda por haber mirado de más, y me olvidé del asunto.

La segunda vez fue tres semanas después. Otra noche de insomnio, otra salida al balcón, y otra vez ella en el mismo sitio. Esta vez la luz estaba más baja. No tenía portátil. Estaba simplemente mirando por la ventana. Y entonces me di cuenta de que me estaba mirando a mí. Sostuvo la mirada quizá tres segundos. Yo no aparté la vista. Tampoco ella. Después se levantó, se acercó a la ventana, se apoyó con las manos en el alféizar, se quedó así un momento, y me sonrió ligeramente. Una sonrisa pequeña, complicada de descifrar, que cabía perfectamente en seis metros de distancia.

A partir de esa segunda noche, la cosa se volvió un ritual silencioso. No se me ocurriría cruzar el patio para llamar a su puerta, ni a ella se le ocurriría cruzarlo para llamar a la mía. Lo que tenemos es exactamente esto. Un balcón, una ventana, seis metros de aire de verano, dos miradas. Y, a veces, dos sonrisas que se reconocen al segundo de cruzarse.

Lo más curioso es lo que pasa entre nosotras los días que no salgo al balcón. Esos días, ella está. La veo de reojo desde dentro de mi salón. Está en su ventana, sentada en una butaca, leyendo o mirando el móvil, esperando. Y los días que sí salgo, ella aparece en su ventana también, casi al instante. Como si algo en el aire del patio nos avisara a las dos. Cuándo aprendimos esto, no lo sé. Lo aprendimos, simplemente.

Hubo una noche en la que la cosa cambió un poco. No me preguntes detalles exactos, porque las noches en las que pasan estas cosas no se recuerdan con fechas, se recuerdan con texturas. Pero hubo una noche en la que ella, en lugar de quedarse sentada en la butaca, se levantó muy despacio y empezó a moverse dentro de su habitación. Sin teatralidad, sin coreografía. Simplemente existiendo de una forma deliberada para que yo la viera. Estaba todavía vestida. Lo importante no era lo que llevaba puesto. Lo importante era el ritmo.

Yo me quedé quieta en mi balcón, con las manos apoyadas en la baranda, casi sin respirar. No había nadie más despierto en el patio. La temperatura era perfecta. Y entendí, allí mismo, que el placer no necesita siempre tocar a nadie para ocurrir. Que mirar puede ser, en determinadas condiciones, una forma de tocar. Que dejarte mirar puede ser una forma de hablar. Que dos desconocidas en dos ventanas pueden tener una intimidad que no han tenido nunca con personas con las que sí se han tocado.

Lo que no se cruza nunca

Llevamos así dos veranos. No nos hemos cruzado nunca por el portal después del comienzo de esto. Si por casualidad coincidiéramos, no sé qué pasaría. Quizá rompería algo. Quizá no. Pero las dos hemos decidido, sin haberlo hablado, que este pacto del patio interior no se mezcla con la calle. Hay cosas que solo funcionan cuando se quedan exactamente donde están.

Si te gusta esto de mirar y ser mirado sin necesidad de tocarse, hay conversaciones telefónicas que funcionan exactamente igual. Voces que te describen lo que están haciendo en habitaciones que no vas a ver, y que esperan que tú les cuentes lo tuyo. Es exactamente la misma intensidad. Solo que con palabras en lugar de ventanas.

Servicio para mayores de edad (+18). Restringido a personas mayores de 18 años. Personajes ficticios mayores de edad. Cualquier parecido con personas reales es coincidencia.

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